jueves, 5 de noviembre de 2015

[6/11/15]

   Estos días se escucha bastante que en la guerra civil no hubo "ni vencedores ni vencidos". Vaya, tenía para mí que ésto era sólo aplicable a la transición, a lo que ha dado en llamarse el espíritu de la transición, aunque por lo visto a la guerra también. Nadie ganó y nadie perdió: tal es la versión oficial ahora, y quien diga lo contrario es un pérfido agitador, alguien capaz de joderle hasta el cacharro a James Bond. Cualquier día nos dirán que todo fue una broma, damas y caballeros, un conflicto rodado en unos estudios. Ayer precisamente estuve leyendo una biografía de Julián Besteiro. Como personaje no fue uno de los menos implicados en la tangana, representaba a la facción más moderada del PSOE y casi que también a eso que se conoce como "la tercera España", o sea, la que estaba en medio de las otras dos mientras se zurraban, intentando separarlas o más bien unirlas de algún modo. Cuando el frente republicano cayó y empezó el éxodo masivo de "no vencidos que se piraban con sus bártulos a conocer el extranjero", fue el único alto cargo que optó por permanecer en España. "(...) La gran mayoría, las masas numerosas, ésas no podrán salir de aquí, y yo, que he vivido siempre con los obreros, con ellos seguiré y con ellos me quedo. Lo que sea de ellos será de mí". Así explicó su decisión. Con casi setenta años y bastante enfermo de tuberculosis decían que se había vuelto un poco "gagá", que era ya como un cadáver que fumaba y que, a pesar de ser un lógico distinguido, catedrático nada menos de la materia, ya le había perdido bastante la pista al asunto: que en realidad consideraba que sus esfuerzos por la concordia y la paz - demostrables con testimonios - serían tenidos en cuenta por los "no vencedores que fusilaban a la peña en masa". Bueno, de hecho lo fueron. El fiscal, un teniente coronel, le calificó como un hombre "honesto", sin delitos de sangre encima, y luego solicitó para él la pena de muerte. El argumento era que, precisamente, su moderación y sus esfuerzos conciliadores habían hecho las teorías socialistas más apetecibles, más aceptables a ojos de la gente, que era algo tan malo, si no peor en cuanto a resultados a la larga, que ser un extremista sanguinario. Retorcido, ¿verdad? Aunque desde el punto de vista de un anti socialista furibundo tiene mucho sentido, hay que admitirlo. Cuando lo que se pretende es que algo no suceda, o no se repita, las versiones ligeras, amables del tema, son las más peligrosas. Son las que convencen, las que encandilan al personal, creando la ilusión intelectual de que algo absolutamente arbitrario y cruel puede contener en el fondo un poso de justicia. De que existe, por ejemplo, un equilibro entre la gente que mata y la gente que muere, una equidistancia entre ambas partes de la lógica y hasta de la ética. Una especie de limpieza y hasta de asepsia, por así decirlo, en los cadáveres.

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