jueves, 15 de octubre de 2015

[15/10/15]

   Estos días se oye hablar mucho de "genocidio"; se discute sobre si la conquista de América lo fue o no. Salen datos de todo tipo: las graves epidemias que hubo (tifus, paperas, difteria, sarampión y hasta gripe) y que en efecto causaron estragos; definiciones precisas de la RAE sobre el término en cuestión; fragmentos de algún texto renacentista que demuestra sin lugar a dudas lo mucho que se preocupaban los Austrias porque se les diese un trato cristiano a los nativos... Cualquier cosa con tal de dejar claro que, aunque hubo matanzas y se cometieron barbaridades, no fue técnicamente un genocidio. Sería muchas cosas pero éso no, malditos progres. La verdad es que la palabra se las trae. Por ahí tengo un libro: "El siglo de los genocidios", de Bernard Bruneteau, donde entre otras muchas cosas analiza los equívocos que ha producido muchas veces, al confundir el personal lo que pueden ser sucesos muy trágicos con lo que es un genocidio en realidad. Legalmente hablando. Porque para que éste se dé, es necesario que exista un plan, una voluntad clara y deliberada de exterminar a un determinado grupo. Si no, no vale. Por ejemplo, si bloqueas el suministro de alimentos a los biafreños porque te parecen una tribu detestable y quieres que desaparezcan todos, es un genocidio. En cambio, si te quedas con las cosechas de los biafreños o arruinas sus sembrados porque te resulta rentable, no. Los resultados en cuanto a muertes pueden ser los mismos, pero hay un matiz que los separa. La buena o mala voluntad de quien condena a la hambruna en este caso. Por lo tanto, si opinas que los biafreños son superétnicos y muy educados, y luego les riegas las tierras con aceites tóxicos que te sobran, puedes hacerlo con la conciencia bien tranquila, ya que no eres un genocida. Es lo que digas y no lo que hagas lo que marca la diferencia. Estate tranquilo. Podemos salir a celebrarlo con orgullo.  

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